15.4.12

Find your inspiration.


Sería bueno si hubiera alguien aquí, en mi mente. Algunas palabras que me susurro serían buenas para expresarlas en un papel y luego enviarlas, como si fuera una casualidad. Montones de hojas abarrotan mi escritorio expresando cosas que no me pasan a mí, que no me pertenecen. Tan sólo son sentimientos que me gustaría sentir. Canciones de amor que antes eran importantes y ahora me son indiferentes. Y otra vez la misma canción de siempre pero con un toque de ironía: ¿alguien nuevo podría aparecer en mi vida? Por favor y gracias. Caras felices que ahora se convierten en simples caras. ¿Se podría olvidar el pasado? Demasiadas preguntas sin respuestas. 


La misma sonrisa de siempre gastada por el tiempo.
*Laura.

9.4.12

Desde el asiento de atrás, con amor.


 Marcos. Última fila. Tercer asiento. Al lado de la ventana. La observaba cada día. De lunes a viernes. De 8’15 de la mañana hasta las 5’15 de la tarde. Cada segundo, cada minuto, la amaba más. Primero se enamoró al verla en primaria, con sus grandes ojos azules. Era una niña encantadora. Siempre jugando y ayudando a sus compañeros de mesa. Sí, sólo de mesa. No compartía su pegamento ni su estuche más amplio, con alguien cualquiera. Sólo con los de su mesa. Y, por suerte, él estaba ahí, enfrente de ella. Compartiendo lapicera, pegamento e incluso bolis brillantes. Y ahora él estaba ahí, al fondo de todo (como siempre), observando su larga melena morena desde la última fila, el tercer asiento, al lado de la ventana.

 Marta se sentaba en primera fila. Siempre atenta, siempre decidida. Escuchando a cada profesor que se sentaba ahí, en frente suyo, y tomando nota de sus largas charlas aburridas de siempre. No era ni la más popular ni una pringada. Tenía a sus amigas, ni muchas, ni pocas: las necesarias. Tampoco era de ligar con chicos. Es más, nunca había tenido novio. Pero sí que estaba enamorada. Cree que desde que tiene memoria. Siempre lo ha querido. Marcos, se llama. Se acuerda que en primaria se sentaba en frente suyo. Se enamoró de esos ojos verdes. También se acuerda que le dejaba prestado todo: su lapicera, su pegamento e incluso sus bolis brillantes. A nadie se los quería dejar. Sólo a él. Y ahora estaba ahí, en primera fila, girándose cada dos por tres, para ver que seguía ahí, en la última fila, al lado de la ventana. Alguna que otra vez lo pilló mirándola y lo único que le hizo fue sonreír. Pero con ese único gesto, era más que suficiente.

 Se veían por los pasillos, en los cambios de  clase y tan sólo compartían un ‘’hola, buenos días’’. Se veía de lejos que estaban destinados, cada vez que sus ojos se buscaban con ansia pero se encontraban tímidamente. Mejillas sonrosadas y sueños e ilusiones volando por todas partes. Alguna que otra vez ella le había dedicado una sonrisa con alguna que otra intención pero él, tonto y embobado, tan sólo soñaba despierto con esa sonrisa y esos labios. Le hubiera gustado mucho besar esos labios, y a ella, por supuesto, también. Pero ninguno de los dos tuvo el coraje suficiente como para lanzarse. Los dos, completos inútiles, sin hablarse ni dirigirse la mirada, se querían con locura. Pero ninguno de los dos lo sabe. Hasta aquel día. Un día de lluvia cualquiera gracias a un paraguas. Un bonita historia que empezó con muchas ganas y que, seguramente, aún no habrá acabado ni acabará nunca. 


Se querían. Se querían con locura. 
*Laura.