Marcos. Última fila. Tercer
asiento. Al lado de la ventana. La observaba cada día. De lunes a viernes. De
8’15 de la mañana hasta las 5’15 de la tarde. Cada segundo, cada minuto, la
amaba más. Primero se enamoró al verla en primaria, con sus grandes ojos azules.
Era una niña encantadora. Siempre jugando y ayudando a sus compañeros de mesa.
Sí, sólo de mesa. No compartía su pegamento ni su estuche más amplio, con
alguien cualquiera. Sólo con los de su mesa. Y, por suerte, él estaba ahí, enfrente
de ella. Compartiendo lapicera, pegamento e incluso bolis brillantes. Y ahora
él estaba ahí, al fondo de todo (como siempre), observando su larga melena
morena desde la última fila, el tercer asiento, al lado de la ventana.
Marta se sentaba en primera fila. Siempre
atenta, siempre decidida. Escuchando a cada profesor que se sentaba ahí, en
frente suyo, y tomando nota de sus largas charlas aburridas de siempre. No era ni la más popular ni una pringada.
Tenía a sus amigas, ni muchas, ni pocas: las necesarias. Tampoco era de ligar
con chicos. Es más, nunca había tenido novio. Pero sí que estaba enamorada.
Cree que desde que tiene memoria. Siempre lo ha querido. Marcos, se llama. Se
acuerda que en primaria se sentaba en frente suyo. Se enamoró de esos ojos
verdes. También se acuerda que le dejaba prestado todo: su lapicera, su
pegamento e incluso sus bolis brillantes. A nadie se los quería dejar. Sólo a
él. Y ahora estaba ahí, en primera fila, girándose cada dos por tres, para ver
que seguía ahí, en la última fila, al lado de la ventana. Alguna que otra vez
lo pilló mirándola y lo único que le hizo fue sonreír. Pero con ese único
gesto, era más que suficiente.
Se veían por los pasillos, en los
cambios de clase y tan sólo compartían
un ‘’hola, buenos días’’. Se veía de lejos que estaban destinados, cada vez que
sus ojos se buscaban con ansia pero se encontraban tímidamente. Mejillas
sonrosadas y sueños e ilusiones volando por todas partes. Alguna que otra vez
ella le había dedicado una sonrisa con alguna que otra intención pero él, tonto
y embobado, tan sólo soñaba despierto con esa sonrisa y esos labios. Le hubiera
gustado mucho besar esos labios, y a ella, por supuesto, también. Pero ninguno
de los dos tuvo el coraje suficiente como para lanzarse. Los dos, completos inútiles,
sin hablarse ni dirigirse la mirada, se querían con locura. Pero ninguno de los
dos lo sabe. Hasta aquel día. Un día de lluvia cualquiera gracias a un
paraguas. Un bonita historia que empezó con muchas ganas y que, seguramente,
aún no habrá acabado ni acabará nunca.
Se querían. Se querían con locura.
*Laura.