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8.8.12

Yo te necesito (con locura).


-Sandra no volverá.
El aire soplaba con fuerza y estaba empezando a hacer más frío de lo normal. El sol se escondió y dio paso a unas enfadadas nubes amenazando con llorar. Su limpia sonrisa se desvaneció cuando Lucas pronunció esas palabras.
Sandra, Sandra… ¡Sandra! Su mejor amiga. Sandra, la que se tuvo que ir a la otra punta del país para estar ‘’unos meses’’ con sus padres. Sandra, la que conocía desde que iban a parvulario, la que se sabía de memoria cada segundo de su vida. Sandra, la que ahora no volvería a ver nunca más.
-¿Co…cómo lo sabes? –Sam sentía que el mundo se iba derribando poco a poco y que ella no podía hacer nada para impedirlo.
-Fue ella quien me lo dijo –durante media hora Lucas le contó a Sam lo que su amiga le contó: sus padres estaban peor de esa extraña enfermedad que tenían y decía que no los podía abandonar ahora. Se quedaría ahí hasta que se curaran o hasta que no le quedara más remedio que volver…
Ahora Sam sí que se sentía sola de verdad. Todos estos meses anteriores había tratado de ocultarlo pero ya no podía más. Sonreír a pesar de estar muriéndose por dentro era uno de sus pasatiempos favoritos en esos días tan malos. Ahora tan sólo era un estúpido juego más que no solucionaba nada.
-Lucas me tengo que ir –dijo mientras una tímida lágrima amenazaba con caer.
-Sam no –le dijo sujetándole de la mano para que se volviera a sentar-. Tú me dijiste que los buenos momentos siempre superan a los malos. Ahora lo que tienes que hacer es intentar vivir unos buenos días para que este quede borrado por esa felicidad. Tal y como tú me dijiste…
-¿Pero es que no lo ves, Lucas? ¡Sandra no volverá, ya no sé qué hacer con mi padre y encima estoy en el límite de perder a mis amigos! Ya me he cansado de jugar al juego de que todo está bien. Nadie me necesita… -dijo Sam en un susurro.
-Sí, yo te necesito –susurró Lucas atrayéndola hacia él-. Sam no te mereces nada de esto –y, sujetándola por la barbilla, la atrajo a sus labios.
Sam se quedó estupefacta. Ella lo quería pero no tenía ni idea de que él a ella también. Quizá la persona que menos lo demuestra es quien más te quiere y te necesita pensó Sam mientras sus labios se separaban y sus mejillas se sonrosaban. 


''Yo creo que puedes enamorarte de quien quieras sólo si llegas a ver la parte de él/ella que nadie más puede ver.'' (Como le pasa a Lucas con Sam:)
*Laura.

19.6.12

Pequeña, gran tarde con Sam.



 Era un día caluroso, lo cual era raro ya que estaban en Septiembre. Sam se sentó en el quinto banco del parque de al lado de su casa como hacía desde hace cuatro semanas. Quedaba ahí con Lucas para pasar un rato en buena compañía. Los martes y los jueves; de 3 a 5 y media. Sam, tan diferente como de costumbre, llegaba al quinto banco diez minutos antes de su encuentro. Observaba cómo los verdes árboles se zarandeaban de un lado para otro y las frágiles hojas caían sin rumbo alguno. Y entonces, como cada día que se sentaba ahí, empezaron a aparecer las personas, ajenas a su vida, que protagonizaban la historia de esos grandes diez minutos.
 Apareció la pequeña Natalia con sus dos trenzas mal hechas. Siempre con el boli en la mano, siempre murmurando pequeñas frases de amor. Saltando y riendo de la mano de su padre pasó por al lado de dónde se encontraba Sam. La niña sonrió a Sam enseñando esos pequeños dientes aún por caer.
 Sentado en el banco de enfrente, el anciano Giorgio, daba de comer a las pequeñas e indefensas palomas. Cada día que pasaba se iba consumiendo más y más sentado en ese tranquilo banco. Pero él era feliz alimentando a las palomas que no tenían nada que comer, era feliz ayudando a los demás.
 Paula e Iván caminaban muy cerca el uno del otro. Una ráfaga de aire se posó sobre el delicado flequillo de la chica y dejó al descubierto un rostro sonrosado y lleno de vida y felicidad al estar al lado de él. Iván sólo de dedicaba a ser un buen amigo acompañándola al instituto y explicándole viejas historias que la hacían enamorarse cada día más y más. Porque, sí, se veía a kilómetros que estaban destinados el uno para el otro. Aunque ninguno de los dos lo supiese.
 El camarero de la esquina empezó a sacar las mesas y las sillas afuera. Siempre puntual, siempre haciendo su trabajo. Era lo que le gustaba pero necesitaba algo más, se notaba que necesitaba algo más. Una chica, con el pelo despeinado y el rímel esparcido por toda la cara, se sentó en la silla que acababa de poner el camarero. Ella estaba triste y él, en cuanto se miraron a los ojos, notó una chispa que le hizo sonrojarse.
 Era la historia de diez minutos, de seis personas desconocidas, de instantes que cambian la vida y que, irremediablemente, son para bien. Sam, atenta a cualquier cambio en la historia, fijándose en cada detalle, no se percató de que Lucas estaba de pie a su lado hasta que él murmuró:
 -Sam tengo que decirte una cosa muy importante. Es complicado pero debes saberlo.
 Sam sonrió a pesar de sus extrañas palabras y se dio cuenta de que, la verdadera historia, estaba justo delante de ella, con las manos sudorosas y una mueca de esperanza pintada en la boca. 


(¿Veis? Sigo aquí, con una sonrisa de oreja a oreja y no, esta vez no me volveré a ir. Me quedaré aquí para siempre.) 
*Laura. 

28.3.12

Las teorías de Sam.


Su sonrisa iluminó el alba.
Estaban todos en la playa: Héctor, Raquel, Oriol, Lucas, Paula y Sam. Eran las 6 y media de la mañana y habían estado allí toda la noche. Habían encendido una hoguera, habían cantado las canciones más chorras del mundo y habían bailado hasta que sus pies no respondieron más. Típica noche de playa de unos adolescentes cualquieras aprovechando los últimos rayos de sol del infinito Agosto. Todos estuvieron de acuerdo con Sam, la que propuso la idea, pero, al fin y al cabo, lo hacían sólo por ella: quería ver un amanecer en compañía de los que la querían. Al amanecer, Paula y Oriol estaban dormidos en las pocas toallas que habían traído; Raquel, Héctor y Lucas disfrutaban de las cálidas olas que los arrastraban hasta la orilla. Sam se sentó junto a la hoguera ya apagada y contempló a sus amigos divertirse con las olas. Se le escapó una sonrisa. Entonces Lucas se giró; sonrió él también. Quedaban cinco minutos para que el sol saliera de su escondite y Sam quería tener a Lucas a su lado. Como si le hubiera leído el pensamiento, Lucas salió del agua y se aproximó con paso vacilante hacia ella. Estaba mojado y en cuanto Sam se despistó, él se abalanzó sobre ella.
-¡No, no, para! ¡Para de hacerme cosquillas! –intentó decir ella mientras se reía a carcajadas, como nunca había reído.
A pesar de que él la hubiera liberado ella seguía riendo. Se sentía feliz: por estar con él y por esa noche a la luz de la luna. Miró al frente y su expresión cambió radicalmente. El sol estaba saliendo. Respiró con dificultad por unos instantes: era el primer amanecer que veía sin su padre. El sol salió por completo. Su sonrisa iluminó el alba. Lucas se quedó fascinado: por el gran e impotente sol delante de él y por la enorme sonrisa de Sam.
-Es precioso, ¿no crees? –dijo Sam aún con esa sonrisa en su boca. No podía ocultar la emoción.
-Sí… Es impresionante, pero no sólo eso –señaló al impotente sol –sino la manera en la que sonríes.
-Ahora mismo soy feliz, ¿tú no?imposible era quitarle la sonrisa.
-Yo sí pero ¿por qué tiene que ser ahora mismo? ¿Por qué no puede ser para siempre? –Sam hizo ademán de contestarle pero Lucas la cortó –Sé que tu padre no está bien, que has suspendido 4, que Sandra ya no está. Sé que tú no estás bien. Y aún así sigues sonriendo. O una cosa o la otra Sam, no puedes estar siempre en el medio.
-Pero, ¿y si en el medio estoy bien? Además, la felicidad no es nunca completa. Siempre hay algo: una palabra, una persona, un hecho, cualquier cosa que no te hace sentirte completamente feliz del todo. Ahora mismo estoy feliz porque estoy aquí, contigo, con vosotros viendo el amanecer. Pero a la vez estoy triste porque Sandra no está aquí sino a miles de quilómetros, porque mi padre no está conmigo para ver este precioso amanecer. La felicidad es relativa: un día puedes estar bien, al segundo también pero si al tercer día estás mal, la felicidad de los dos días anteriores te compensa. Es como una balanza; la única diferencia es que hay más de un lado que de otro. Y, ¿puedes adivinar de qué lado hay más no?  
-Sí… -ella no pudo evitar sonreír aunque en seguida se puso seria –me gustan tus teorías Sam. –volvió a sonreír.
-No son teorías, tan sólo son recortes de mi vida.
-Y tú estás intentando aplicar esos ‘’recortes de tu vida’’ a la mía, ¿no es así? –dijo con mirada picarona.
-Lo único que estoy intentando es que me entiendas y que no cometas mis errores; no se los desearía a nadie –su melancólica voz llenaba el ambiente.
-Tranquila, mientras estés conmigo y me sigas explicando tus teorías, estaré a salvo. –Se percató de su error y vio la cara de enfado de Sam –Vale, vale. Los ‘’recortes de tu vida’’.
-Eso está mejor –seguía sonriendo, como no.
Estuvieron un buen rato más hablando de esto y de lo otro pero en la mente de Lucas no paraban de resonar las palabras de Sam: ‘’La felicidad es como una balanza; la única diferencia es que hay más de un lado que de otro.’’ Siguieron hablando más y más y más hasta que el cansancio se apoderó de los dos. Se durmieron el uno junto al otro hasta que se despertaron y la felicidad de volverse a mirar a los ojos sonriendo les invadió por completo. En ese mismo momento los dos lo entendieron: cada amanecer es la promesa de nuevas sonrisas.
Sí, es largirucho pero creo que vale la pena leerlo.
*Laura.